Chernóbil y la ciencia

Martes, 23 de julio del 2019 / Fuente: CubaDebate / Autor: Luis A. Montero Cabrera

Sala de control del reactor de la Central Nuclear V.I. Lenin de Chernóbil

La cadena estadounidense de medios HBO ha lanzado una serie de 5 episodios con el nombre que se asocia a la mayor tragedia nuclear de la historia en tiempos de paz: “Chernobyl”. Se trata de una dramatización documentada del accidente ocurrido el 26 de abril de 1986 al explotar y perder la cubierta el reactor n. 4 de la planta electronuclear de ese nombre en Ucrania, que entonces era parte de la extinta URSS.

Un reactor nuclear con su corazón destruido y destapado es como una gigantesca olla hirviendo a temperaturas increíbles, donde la nube de “vapor” se compone por un flujo enorme de partículas de diversos materiales que portan átomos descomponiéndose. Los núcleos de átomos de elementos radiactivos al reaccionar emiten energía en forma de partículas (núcleos de helio y electrones) y de radiación electromagnética, de la misma naturaleza que la luz que vemos, pero muchísimo más energética. Todos son capaces de alterar la estructura de otros átomos, moléculas y materiales que sean impactados por ellas. Las partículas tienen una capacidad de penetración menor, pero portan mucha más energía destructora. La explosión de este evento se limitó a dañar la estructura del reactor y esto hubiera sido “un mal menor”. Sin embargo, la nube de humo radiactivo se estuvo despidiendo durante nueve días y contaminó en mayor o menor medida el entorno de hasta 13 países europeos. Algunos isótopos radiactivos están todavía en la atmósfera superior del hemisferio norte de la Tierra. El número de las personas afectadas directa e indirectamente nunca podrá saberse con precisión. Estas radiaciones pueden matar tanto instantáneamente como unos días y hasta años después, en dependencia sobre todo del tiempo de contacto y su intensidad. Provocan reacciones incontroladas en todos nuestros sistemas vitales y en sus células de reemplazo. En dosis indirectas o moderadas suelen alterar el código genético, conduciendo eventualmente a su desarrollo canceroso.

La serie está elaborada con profesionalidad. Resulta de interés la componente humana en el relato que aborda tanto aspectos de la conducción política durante el intento soviético de creación de una sociedad socialista, como también la ciencia, los científicos y la ética científica. A los cubanos nos resultan familiares hasta los ventiladores “Órbita” que aparecen en algunas escenas. Sin embargo, un documento fílmico dramatizado tiene menos compromisos con la verdad histórica que un documental y que un artículo científico. El guion dicta las pautas y debemos estar siempre dudando de lo que el equipo de realización quiso trasmitir como mensaje a través de un drama, que no es una filmación de la realidad.

El cine en todos los países suele denunciar a veces hechos de esta índole, con mayor o menor suerte y buenas o malas intenciones. Algunos han devenido paradigmáticos exponiendo inmoralidades, malas prácticas y sus consecuencias. “Wall-E”, “Erin Brockovich”, y algunas otras son de las películas que pueden mover conciencias en este sentido, muchas veces basadas en la realidad. En el caso de juzgar al intento de socialismo que fue la URSS siempre aparecen matices que conspiran contra la verdad histórica, en dependencia de la ideología de los creadores del material audiovisual. Los juicios que podamos hacer acerca de los aspectos políticos quedan para el razonamiento de cada cual, pero un científico no puede aceptar acríticamente ciertas interpretaciones convertidas en guion. En este caso se muestran evidencias de ignorancia e irresponsabilidad por parte de personas en posiciones decisorias de la antigua URSS que son francamente cuestionables. Se trataba de una verdadera potencia nuclear competitiva cuyos logros eran evidentes, aunque nunca supiéramos de sus fracasos.

La ciencia no suele salir bien parada de este tipo de materiales mediáticos. El movimiento ambientalista a veces aparece contaminado con ideas regresivas que atentan contra el progreso y bienestar de todos los seres humanos. En el caso que nos ocupa, el mensaje antinuclear que se deseó trasmitir es claro, y también debe tomarse con cautela. Según la Organización Internacional de la Energía Atómica, hoy existen alrededor de 450 reactores operables en el mundo y producen un 11% de la electricidad que se consume globalmente. Unos 60 nuevos reactores están actualmente en construcción. Cerca del 72% de la energía eléctrica que consume Francia es de origen nuclear y no se ha reportado jamás algún incidente trascendental. Todo en este mundo transcurre con al menos un mínimo de riesgo real. Lo mejor y más seguro para la naturaleza y las personas solo se puede lograr hoy justamente con la ciencia. El ambientalismo genuino es aquel que parte de la humanidad y sus necesidades básicas promoviendo un uso armónico, progresista y cauteloso de los recursos que nos brinda nuestro entorno, incluyendo cualquier forma de producción de energía eléctrica, tan necesaria para todo desde hace más de un siglo.

Curiosamente, en la serie que motiva este trabajo son la ciencia y los científicos los que salen mejor parados. En esto tiene un valor innegable: se exalta la importancia de la verdad científica. “Cada mentira que contamos es una deuda con la verdad. Más tarde o más temprano hay que pagarla”, dice en un momento crucial el protagonista que encarna al gestor del proceso de eliminación de las consecuencias del accidente.

Según fuentes independientes, la historia contada por los funcionarios soviéticos en el informe rendido a la Organización Internacional de la Energía Atómica en 1986, a raíz del desastre, solo atribuía sus causas a errores humanos de operación. Sin embargo, a partir de una nueva investigación del propio gobierno soviético en 1991, un informe actualizado para esa organización internacional en 1992 incluyó errores de diseño de ese tipo de reactores nucleares que fueron protagónicos en el fenómeno y no se mencionaron en el primer informe. ¿Por qué no se reconoció oficialmente desde el principio? Este torcido criterio político de ocultar los errores del sistema pudo conducir a alguna repetición de esa catástrofe al no corregirse inmediatamente tales problemas en muchas otras electronucleares similares.

La verdad científica no tiene ideologías. Es una sola, aunque pueda ser interpretada desde diversos puntos de vista. Lo que irremediablemente conspira contra la ciencia y también contra cualquier sistema político es la mentira. Fidel nos lo recordaba en su famosa definición de Revolución. Y el crimen de mentir u ocultar la verdad es mucho más grave si además afecta y desprestigia a una sociedad que busque sinceramente y por definición el bienestar y la libertad de todos sus integrantes, sin excepción, y no solo de una minoría privilegiada por derechos de propiedad.

Las centrales nucleares son muy seguras, a pesar de todo, y es muy difícil que se repitan las cadenas de errores que condujeron al desastre de Chernóbil y más recientemente al de Fukushima en Japón. Sin embargo, siempre queda alguna ínfima probabilidad de repetición y recordemos que solo a unos pocos kilómetros de La Habana se encuentra la central nuclear de Turkey Point, en La Florida. En ese estado norteamericano vecino parece que hay hasta 16 facilidades de producción de energía nuclear. Aparentemente son seguras y los cubanos que compartimos la geografía debemos estar conscientes de ello.

Nos falta también hacer nuestra propia producción audiovisual, para cadenas globales, efectiva y creíble, que dé a conocer la parte de heroicidad y humanidad que transcurrió en nuestra isla caribeña, a más de 8000 kilómetros de distancia de Chernóbil. Aquí tratamos y hemos seguido tratando la salud de muchos de los afectados más inocentes, incluyendo algunos que ni siquiera habían nacido cuándo el accidente. Además, podemos dar clases de cómo tratar esos problemas de salud a todo el mundo, aún sin que nos haya ocurrido una desgracia como esa. Es seguro que también las publicaciones científicas de nuestros especialistas acerca de estas experiencias deben tener un gran impacto. ¡Cuánta bondad hemos desplegado, una vez más!



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