Crisis medioambiental y climática: Entre la utopía y el pragmatismo, el hoy inmediato y el tener para mañana y para todos

Martes, 17 de agosto del 2021 / Fuente: Cubadebate / Autor: Deny Extremera San Martín

El bosque amazónico, según expertos, va camino a convertirse en una sabana en las próximas décadas. Foto: Reuters.

“Si no actuamos, nos quedamos sin planeta”, así comenzaba el título de un texto en el portal de la ONU anunciando el pasado 4 de junio, víspera del Día Mundial del Medioambiente, el inicio del Decenio de Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas.

Liderada por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (Pnuma), la iniciativa busca aunar a Gobiernos, empresas, sociedad civil y ciudadanía “en un esfuerzo sin precedentes por reparar el planeta y servirá para restaurar los ecosistemas impulsando una transformación que ayude a alcanzar todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible”.

Según la información de la ONU, el proyecto calcula que “la rehabilitación de aquí a 2030 de unos 350 millones de hectáreas de ecosistemas terrestres y acuáticos degradados generaría nueve billones de dólares en materia de servicios ecosistémicos, y eliminaría de la atmósfera de 13 a 26 gigatoneladas (1 Gt = 1 000 millones de toneladas métricas) de gases de efecto invernadero.

“(...) Los beneficios económicos de estas operaciones exceden en diez veces el costo de la inversión, mientras que el precio de no actuar es al menos tres veces mayor que el de la restauración de los ecosistemas”.

En el mensaje por el Día Mundial del Medioambiente, el secretario general de la ONU, António Guterres, afirmaba que “la restauración de los ecosistemas es una tarea global de una escala gigantesca. Significa reparar miles de millones de hectáreas de tierra, un área mayor que China o Estados Unidos, para que la gente tenga acceso a alimentos, agua potable y empleos.

“Significa lograr que vuelvan plantas y animales que hoy están al borde de la extinción, desde las cimas de las montañas hasta las profundidades del mar.

“Pero también incluye las muchas pequeñas acciones que todos podemos realizar, todos los días: cultivar árboles, reverdecer nuestras ciudades, repoblar nuestros jardines con especies silvestres o limpiar la basura de ríos y costas.

“La restauración de los ecosistemas conlleva beneficios sustanciales para las personas. Por cada dólar invertido en restauración, se pueden esperar al menos entre siete y 30 dólares en ganancias para la sociedad. La restauración también crea empleos...”.

Desde hace ya mucho, los enfoques y acciones en torno a este tema (evidencias e informes científicos como los del IPCC y muchas universidades, estrategias y campañas de la ONU y numerosas organizaciones multilaterales o no gubernamentales, políticas de Gobiernos, prácticas empresariales, estrategias y lógicas económicas y de mercado, modos de consumo y de vida) cubren un espectro que va de la utopía o lo políticamente etiquetado como “mera utopía”, “alarmismo”, “conspiración de izquierda”, “metas imposibles”, “pautas para limitar el desarrollo”, al desarrollismo más perverso y, en su versión más dura y cortoplacista, el economicismo plano que mira solo números y ganancias, el crecimiento perpetuo, sin que en sus cálculos entren términos como sustentabilidad, impacto natural o huella de carbono.

En el llamamiento de 2021 por el Día Mundial del Medioambiente, y en la plataforma del Decenio sobre la Restauración de los Ecosistemas, es clara la necesidad de −entre otros sistemas naturales− recuperar bosques, plantar árboles, desescalar la intensidad de la agresión a que son sometidos diariamente en todo el mundo.

Según estudios internacionales, hay más de tres billones de árboles en el planeta, casi la mitad de ellos en regiones tropicales y subtropicales, mayormente en la selva tropical, el bosque más rico, esencial para el secuestro de carbono atmosférico. Si tomamos en cuenta las cifras actuales (7 700 millones de personas), son unos 390 árboles por habitante. Muchos, puede parecer, pero no alcanzan para absorber los más de 30 000 millones de toneladas métricas de CO2 emitidas anualmente por el transporte, la industria, la agricultura y otras actividades económicas y la destrucción de bosques.

En el verano de 2019, mientras ardía la Amazonia, un estudio de la universidad ETH Zürich, publicado en Science, propuso un plan masivo de plantación de árboles como medida de largo plazo para contrarrestar el calentamiento global y el cambio climático.

Sus autores calcularon que hay 1 700 millones de hectáreas (11% de la superficie global) donde es posible −sin comprometer tierras agrícolas ni de uso urbano− sembrar 1.2 billones de árboles nativos de cada lugar en un plan que tomaría entre 50 y 100 años (incluidos la siembra y el crecimiento hasta la capacidad total de absorción de CO2 durante décadas) para retirar de la atmósfera unos 200 000 millones de toneladas de dióxido de carbono acumuladas.

El líder del equipo científico declaró por entonces (The Guardian, julio de 2019) que, aun con el potencial de un programa global de esa envergadura, seguía siendo “vital revertir las tendencias actuales de emisiones de gases de efecto invernadero”. Es decir, reconocía que no puede ser una sola la vía (las demás van desde soluciones tecnológicas en ciernes como instalaciones de secuestro y almacenamiento de CO2 hasta la ascendente industria de vehículos movidos por energías limpias, la economía circular, el control de la deforestación, los cambios en el consumo y la eficiencia energética, entre otras).

Y agregaba: “Plantar árboles es una solución al calentamiento que no requiere que Trump comience a creer en el cambio climático, o que los científicos hallen soluciones tecnológicas para retirar el CO2 de la atmósfera. Está disponible ahora mismo, es la salida más barata posible y cada uno de nosotros puede involucrarse”. Así, aludía a la importancia y la posibilidad de la acción ciudadana y comunitaria independientemente de la de Estados, agendas políticas y sectores empresariales, aunque también pueden y deben estar articuladas todas.

Tiempo después, en 2020, leímos análisis según los cuales plantar un billón de árboles no resolvería el problema (el cambio climático), porque, entre otras razones, los árboles ocuparían pastizales y sabanas −donde antes no estaban, lo cual cambiaría esos ecosistemas−; porque pasan muchos años desde que se planta un bosque hasta que comienza a secuestrar efectivamente CO2, porque los árboles se queman, porque son elevados los costos de mantener una plantación, porque la creencia de que plantando árboles se resuelve el cambio climático es no solo falsa, sino también peligrosa (pues puede crear la ilusión de que, como se siembran más árboles y estos absorberán más CO2, la humanidad puede seguir emitiendo tanto como lo ha hecho hasta ahora...).

Para entonces, se había hecho pública la iniciativa del Foro de Davos, también apoyada por el entonces presidente Donald Trump, para plantar un billón de árboles. Y en Davos están los mayores emisores, los que pueden hacer mucho más y hacen poco para mitigar el cambio climático −o lo minimizan o lo rechazan; Trump había retirado a su país del Acuerdo de París, una de sus varias políticas antiambientalistas−; los promotores de la industria automotriz contaminante y de la más nociva lógica economicista no sustentable... Pero una cosa es rechazar la hipocresía del greenwash destinado a mantener el business as usual mientras según bajo esa propia filosofía se queman y deforestan bosques milenarios y el mundo alcanza la mayor concentración de CO2 atmosférico en más de tres millones de años, y otra generalizar descalificando de plano cualquier iniciativa que promueva algo que el mundo necesita desesperadamente: tener más árboles y menos CO2 atmosférico.

Y volvemos al estudio-plan de los científicos de la ETH Zürich, que hablaba de forestar el 11% de la superficie global sin comprometer tierras agrícolas ni de uso urbano, a largo plazo, en el curso de décadas, como una −no “la”− solución. Y no ignoramos que todo estudio tiene margen de error.

Tala y cada vez más frecuentes y devastadores fuegos forestales hacen que los bosques se degraden y pierdan terreno. Barreras naturales al cambio climático que desaparecen entre el humo. Foto: Reuters.

Porque lo cierto, lo que muestran datos e informes sin incongruencias ni error, es que el planeta se sigue calentando y perdiendo bosques (+12% en 2020 respecto a 2019), aun en medio del bajón económico de la pandemia, que tampoco ha influido efectivamente en el descenso de las emisiones globales. Fue, sí, el impacto más pronunciado de que se tenga noticia −una caída de alrededor de 5% en el uso de energía y de 4 a 8% en las emisiones en 2020, equivalente a alrededor de 2 000 millones de toneladas métricas menos−, pero circunstancial, temporal, no sistémico. Y luego de las crisis llegan las poscrisis: las medidas de estímulo, la carrera por recuperar lo perdido. En muchos casos y áreas, no solo económicas, el desenfreno.

La historia lo ha demostrado. La reducción de las emisiones de gases durante las crisis tiende a ser temporal y es seguida por crecimientos cuando las economías y empresas regresan a la normalidad y buscan recuperarse. Tras la crisis financiera global de 2008, las emisiones globales de CO2 provenientes de la combustión de combustibles fósiles y de la producción de cemento aumentaron 5.9% en 2010, luego de un alza de 1.4% en 2009.

De acuerdo con estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía (IEA, inglés) divulgadas en julio pasado, luego de la caída de emisiones en 2020 por la ralentización debida a la covid, se prevé una recuperación de 4.8% en 2021 y un retorno paulatino a los niveles de 2018, cuando quedó registrado un récord global de emisiones de 37.1 gigatoneladas.

En los últimos tiempos vivimos entre noticias de olas extremas de calor en unos países y devastadoras lluvias e inundaciones en otros, destructivos incendios forestales −con su cuota de emisiones de CO2 y la pérdida de bosques, incluida la selva tropical− y merma y retroceso de los hielos en Groenlandia, el Ártico y la Antártida, con la consiguiente elevación del nivel del mar.

A la amenaza que suponen los puntos de inflexión y sus reacciones en cadena (algunos activos; uno de ellos, la selva amazónica, deforestada en alrededor del 20% y dañada en 40%, podría ir camino a convertirse en sabana, de seguir las tendencias actuales. Según datos recientes, su quinta parte ya emite más CO2 del que absorbe, producto de la deforestación y la degradación del bosque), se unen la pérdida de biodiversidad y el deterioro del océano, que genera el 50% del oxígeno de la Tierra y a la vez es su mayor sumidero de carbono (aproximadamente el 40% del CO2 emitido a la atmósfera como consecuencia de la quema de combustibles fósiles desde la Revolución Industrial ha sido absorbido por los mares), pero se calienta −por el alza de la temperatura media global− y se acidifica −por la absorción de CO2−. El océano alberga más del 95% de las especies del planeta. Según una actualización de la ONU a propósito del Día Mundial de los Océanos, el 90% de las grandes especies marinas de peces están mermadas y el 50% de los arrecifes de coral, destruidos. Estos últimos son el hábitat de alrededor del 25% de las especies marinas.

Los “puntos de inflexión” sobre los que han alertado los científicos son la reducción del hielo marino ártico; el derretimiento del permafrost; la ralentización del sistema de circulación de corrientes del Atlántico; las sequías más frecuentes en la selva amazónica; la mortandad de los corales de aguas cálidas; la pérdida acelerada de hielo en zonas de la Antártida; la reducción de la capa de hielo de Groenlandia y el deterioro del bosque boreal.

El informe “Restauración de los ecosistemas en beneficio de las personas, la naturaleza y el clima”, del Pnuma y la FAO, presentado en junio, justo antes de arrancar el Decenio de Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas, advierte que la humanidad está utilizando alrededor de 1.6 veces más servicios de los que la naturaleza puede proporcionar de manera sostenible.

El secretario general de la ONU, en su mensaje por el Día Mundial del Medioambiente, señalaba otra de las advertencias recogidas en el documento: la degradación del mundo natural ya está socavando el bienestar de 3 200 millones de personas, el 40% de la humanidad.

Hoy somos 7 700 millones de seres humanos. Las proyecciones reflejan que la población mundial aumentará hasta 8 500 millones hacia 2030 y 9 700 millones en 2050 (el año en la mira de los compromisos hacia el cero neto). En 2100 pudiera superar los 11 000 millones.

Será insostenible, y podría decirse que imposible en vista de los actuales pronósticos, que un contingente humano de esa magnitud viva con base en los niveles de presión planetaria del presente.

Se prevé que mejoren las condiciones de supervivencia de los países. Es de esperar que se desarrollen y generalicen tecnologías limpias y más eficientes para producir alimentos y energía. Y que finalmente hayamos encontrado, más temprano que tarde, las formas de revertir el crecimiento de las emisiones y bajar la concentración de gases de invernadero en la atmósfera. Ya no hay dudas de que, para asegurar la habitabilidad del planeta en los niveles actuales, cada vez bajo mayor tensión, se necesita un cambio global sin demora.

El cambio climático es también una crisis sanitaria y afecta las perspectivas de supervivencia debido al impacto en los regímenes de precipitaciones, la producción de alimentos y otras áreas.

Habría mucho más que añadir a este escenario.

Un estudio publicado en 2020 en la revista Nature, en el que colaboraron especialistas de 100 instituciones científicas, reveló que la cantidad de CO2 absorbida por los bosques vírgenes tropicales a nivel planetario ha decaído en las tres últimas décadas y es hoy un tercio menos de lo que fue en los noventa, debido a los efectos de las temperaturas más altas, las sequías, la deforestación y la degradación.

Según el estudio (que siguió la evolución de 300 000 árboles a lo largo de 30 años y combinó datos de dos grandes redes de investigación y observación de las selvas en África y la Amazonia), la absorción de CO2 de la atmósfera por los bosques tropicales alcanzó un pico de 46 000 toneladas en los noventa (el 17% de las emisiones de CO2 generadas por la actividad humana). Sin embargo, en la última década ese volumen bajó a 25 000 toneladas, el 6% de las emisiones globales.

Simon Lewis, de la Leeds University (Reino Unido), uno de los principales coautores del estudio, dijo al diario The Guardian que es muy probable que esa tendencia a la baja continúe y que la selva tropical “podría convertirse en una fuente emisora de carbono hacia 2060”.

Es innegable que le hacen falta más árboles al mundo. Y −junto con políticas para detener los actuales ritmos de deforestación y degradación de los bosques, alternativas tecnológicas más limpias y tecnologías para retirar CO2 de la atmósfera, modos de consumo y de vida responsables que contribuyan a revertir los altos niveles de emisiones− más proyectos y acciones para sembrar árboles: comunitarios, individuales, privados, públicos, nacionales, globales... Articulados y no articulados, apoyados en el conocimiento y la educación e impulsados por tipos diversos de incentivos.

Si somos realistas, comprenderemos que al ritmo que avanzan hoy las cosas, toda iniciativa para secuestrar CO2 de la atmósfera es válida. Porque los compromisos de decenas de países −incluidos los principales emisores− para reducir a cero sus emisiones netas apuntan a 2050 y 2060. Y son compromisos, no certezas. Es una carrera contra la crisis medioambiental, que incluye la emergencia climática, y es una carrera en el tiempo, bajo presiones políticas (tanto de lobbies empresariales enquistados en la política como de la reacción social a medidas que en ocasiones pueden no ser populares), de mercado, económicas y aquellas que impone el desarrollo a muchas naciones del mundo.

La “utopía” (la esperanza y el esfuerzo, el activismo y el pensamiento (ciencia incluida) y la creación por un mundo más limpio y que se desarrolle equitativamente sobre bases sostenibles, menos desigual, de cooperación e inclusión, de soluciones para todos y para el planeta de lo local a lo global) puede y debe existir en equilibrio con el “pragmatismo”, entendido este como el conjunto de regulaciones y decisiones políticas; cálculos, leyes y enfoques económicos, incentivos prácticos (financieros, fiscales, económicos) a la gestión medioambientalmente amigable y políticas que, sin ceder en la sustentabilidad como lo primordial, incluyan racionalmente en la balanza las demandas materiales de individuos, comunidades y Estados históricamente en desventaja. Y la solución es asegurar que se haga de una forma más sostenible mediante la contribución multilateral. Porque no pueden ser negados la necesidad y el derecho de muchos al desarrollo que otros −hoy en mejores condiciones para adoptar políticas y tecnologías verdes, emprender una recuperación pospandemia sustentable y aportar recursos para una solución global− alcanzaron e incluso mantienen con altos índices de impacto medioambiental y, peor, subsidiando la industria de combustibles fósiles.

Cerrando 2020, el PNUD presentó su Índice de Desarrollo Humano (IDH) y el informe “La próxima frontera: el desarrollo humano y el Antropoceno”, con un cambio de enfoque.

El Índice de Desarrollo Humano ajustado por las presiones planetarias (IDHP), además de medir el desarrollo de cada país por indicadores como sus ingresos y renta per cápita, cobertura sanitaria, esperanza de vida y nivel de educación, incluye un nuevo parámetro: el indicador del efecto del desarrollo sobre el planeta, teniendo en cuenta las emisiones de CO2 y la huella material de las naciones (determinada por el uso de los recursos naturales).

Muchos países que eran punteros del IDH según los indicadores tradicionales, descienden varios escalones en la lista al aplicar el nuevo indicador, que introduce la huella medioambiental.

El informe revela que “ningún país ha logrado alcanzar un desarrollo humano muy alto sin ejercer una presión desestabilizadora sobre el planeta”, dijo el administrador del PNUD, Achim Steiner.

En la presentación de la “La próxima frontera: el desarrollo humano y el Antropoceno”, se lee que “pese a que la humanidad ha logrado un progreso increíble, ha descuidado la Tierra, provocando una desestabilización de los sistemas de los que depende su supervivencia.

“Para cambiar esta trayectoria se requiere una gran transformación en nuestra forma de vivir, trabajar y cooperar”.

Crisis medioambiental 2020-2021: Antropoceno, sindemia, cero neto, IDHP, términos para la nueva realidad | Cubadebate

Emisiones netas cero no significa que dejemos de transportarnos, o de consumir energía y los servicios que cotidianamente usamos. Significa que estén basados en matrices y tecnologías que no sigan aportando gases al calentamiento global para asegurar la habitabilidad del planeta como la conocemos hoy. Foto: Nasa.

En julio último, el más reciente informe de la IEA revelaba que, hasta el segundo trimestre de 2021, los Gobiernos en todo el mundo habían destinado unos 320 000 millones de dólares a energías limpias como parte de los 2.3 billones destinados a programas de recuperación económica de la crisis generada por la covid-19. Esa cifra, sin embargo, es solo el 2% del desembolso financiero total para hacer frente a la covid, ascendente a unos 16 billones de dólares.

La IEA afirmaba, además, que se espera que ese gasto oficial y las nuevas políticas puestas en vigor desde 2020 añadan unos 350 000 millones anuales al gasto en energías limpias entre 2021 y 2023, un aumento de 30% sobre los niveles de años recientes, pero solo el 35% de la cantidad que requiere el Plan de Recuperación Sostenible (concebido por la IEA y el FMI en 2020), que busca poner al mundo en camino a cero emisiones netas de carbono hacia 2050, acorde con las metas del Acuerdo de París.

El organismo también señalaba “amplias diferencias geográficas” en las respuestas de recuperación económica de los Gobiernos. Mientras en las economías avanzadas las medidas de recuperación anunciadas hasta la fecha podrían cubrir el 60% de las necesidades de inversión definidas para ellas en el Plan de Recuperación Sostenible, el porcentaje baja a 20% en los países en desarrollo, muchos de ellos, reconoce la IEA, con un margen fiscal limitado.

Del informe de la IEA, la estimación más sombría apunta al pronóstico de emisiones. Su director, Fatih Birol, advirtió que el escenario actual, con un nivel insuficiente de inversiones para la recuperación con base en energías limpias, resultaría en que las emisiones de CO2 escalen a niveles récord en 2023 y continúen aumentando.

Según la IEA, aunque la trayectoria hacia 2023 significa 800 millones de toneladas menos de CO2 que las que serían emitidas sin esfuerzos de recuperación sostenibles, está 3 500 millones de toneladas por encima de lo definido para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París, según la ruta delineada en el reciente reporte “Cero neto para 2050: Una hoja de ruta para el sector energético global” (Net Zero by 2050: A Roadmap for the Global Energy Sector).

Coincidentemente con el informe de la IEA que pronostica un ascenso en las emisiones de CO2, a finales de julio pasado un reporte de BloombergNEF mostraba que los países miembros del G20 (de los que provienen hasta tres cuartas partes de las emisiones mundiales) dedicaron más de 3.3 billones de dólares en subsidios al sector de combustibles fósiles desde 2015, el año en que fue firmado y aprobado el Acuerdo de París.

Al presentar el informe de la Organización Internacional de la Energía, Birol mencionaba otro punto candente: los países ricos siguen sin cumplir sus promesas de contribuir con 100 000 millones de dólares anuales para la reducción de emisiones y la mitigación del cambio climático en los países subdesarrollados.

No es que falte capital, es que no llega a los proyectos necesarios en los países subdesarrollados, dijo, y consideró que quizá sea este el tema más polémico en la cumbre sobre el clima, COP 26, que debe celebrarse en Glasgow en noviembre. “Los 100 000 millones de dólares han de ser el punto de partida, y no el techo (...) Necesitamos una movilización del capital hacia las energías limpias. No hay alternativa”, subrayó.

Pocos días después, como confirmación de la alerta de Birol, aparecía un nuevo reporte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC, Intergovernmental Panel on Climate Change) con otro grito de alarma (y ya se van acumulando, año por año).

Los siguientes son algunos puntos del reporte, presentado el 9 de agosto con una nota de prensa bajo el título El cambio climático es generalizado, rápido y se está intensificando:

−Muchos de los cambios observados en el clima no tienen precedentes en miles, sino en cientos de miles de años, y algunos de los cambios que ya se están produciendo, como el aumento continuo del nivel del mar, no se podrán revertir hasta dentro de varios siglos o milenios.

−Una reducción sustancial y sostenida de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y de otros gases de efecto invernadero permitiría limitar el cambio climático. Aunque las mejoras en la calidad del aire serían rápidas, podrían pasar entre 20 y 30 años hasta que las temperaturas mundiales se estabilizasen.

A menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan de manera inmediata, rápida y a gran escala, limitar el calentamiento a cerca de 1.5 ºC o incluso a 2 ºC (respecto a los niveles preindustriales) será un objetivo inalcanzable (y es vital alcanzarlo para evitar que se desaten las peores consecuencias del cambio climático).

−Las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de las actividades humanas son responsables de un calentamiento de aproximadamente 1,1 °C desde 1850-1900, y se prevé que la temperatura mundial promediada durante los próximos 20 años alcanzará o superará un calentamiento de 1.5 ºC.

−El cambio climático ya afecta de múltiples maneras a todas las regiones de la Tierra. Todo aumento del calentamiento exacerbará los cambios que estamos experimentando.

En las próximas décadas, los cambios climáticos aumentarán en todas las regiones. Con un calentamiento global de 1.5 °C, se producirá un aumento de las olas de calor, se alargarán las estaciones cálidas y se acortarán las estaciones frías. Con un calentamiento global de 2 °C los episodios de calor extremo alcanzarían con mayor frecuencia umbrales de tolerancia críticos para la agricultura y la salud.

−Sin embargo −advierte el IPCC−, no es cuestión únicamente de la temperatura. Como consecuencia del cambio climático, las diferentes regiones experimentan distintos cambios, que se intensificarán si aumenta el calentamiento. En particular, cambios en la humedad y la sequedad, los vientos, la nieve y el hielo, las zonas costeras y los océanos.

A partir de ahí, se enumeraban impactos negativos del cambio climático que afectarán los ciclos hidrológicos y patrones de precipitación; zonas costeras (aumento del nivel del mar, erosión, inundaciones); deshielo del permafrost (sumidero natural de gases de efecto invernadero como el metano); pérdida de la capa de nieve estacional, derretimiento de los glaciares y los mantos de hielo, pérdida del hielo marino del Ártico en verano; océano (calentamiento y acidificación, aumento de la frecuencia de las olas de calor marinas, reducción de los niveles de oxígeno)...

El IPCC insistía: El único modo de alcanzar la meta de 1.5 °C es mediante la rápida implementación de contribuciones determinadas a nivel nacional más ambiciosas”. (CDN, promesas y objetivos de cada país para contribuir a las metas del Acuerdo de París)

Pero el pasado 1 de agosto, la ONU informaba que casi la mitad de los países han incumplido el plazo para renovar sus compromisos de emisiones de CO2, pautado hasta el 30 de julio.

Volvemos al balance entre utopía y pragmatismo, determinados por el conjunto de áreas de acción que más arriba asignamos a cada término. Ante esta realidad, el “pragmatismo” (en resumen, lo político, lo económico, lo instrumental) no puede ser argumento hoy para no emprender la acción necesaria; debe ser, cada vez con mayor urgencia, la base en la que se sustente la transición.

Y el dilema, hoy, está en la transición y en la creciente urgencia; en la armonización entre el reloj planetario, que cada vez corre más rápido, y las acciones humanas, que no acaban de sincronizarse en la dirección correcta.

Hay muchas alternativas disponibles, recursos materiales y financieros y conocimiento para emprender la transición. Es impensable un apagón energético de un día para otro, que lleve las emisiones a cero, porque llevaría también al PIB global cero, crisis total, mundo detenido.

Por eso lo indispensable de comenzar ya un cambio sistémico dirigido a detener las causas globales del fenómeno: cada grado de calentamiento significa efectos más devastadores, que se mantendrán en el tiempo, por “siglos o milenios”. El cambio imprescindible hoy es para lograr el objetivo de evitar la catástrofe en un plazo de décadas. Cada demora en implementar las soluciones, mientras empeora la crisis climática, hace que los Estados deban escalar sus compromisos y esfuerzos, que quedan obsoletos porque es mayor el impacto a mitigar y menor el tiempo para hacerlo, antes de el daño sea inmanejable o ya no haya solución.

La pandemia mostró que el costo de la prevención y la mitigación siempre será mucho menor que el de la crisis. Los efectos pronosticados del cambio climático superan por mucho la disrupción que vive el mundo desde inicios de 2020: algunos impactos negativos que afectarán la habitabilidad en el planeta podrían mantenerse por largo tiempo (aun si finalmente la humanidad concreta los cambios necesarios, aunque tardíamente), y hay especies, ecosistemas icónicos y vitales que quizá se pierdan para siempre.

Foto: Stormgeo.

Según el “Reporte del Estado del Clima en América Latina y el Caribe 2020”, que se presenta este martes, la región es una de las más afectadas por los fenómenos hidrometeorológicos extremos. Entre 1998 y 2020, los fenómenos climáticos y geofísicos se cobraron 312 000 vidas y afectaron directamente a más de 277 millones de personas.

Los fenómenos hidrometeorológicos extremos, como las tormentas, las inundaciones, las sequías y las olas de calor, y los efectos derivados de ellos, representaron el 93% de todos los desastres ocurridos durante ese periodo.

Cuba, mitigación y adaptación al cambio climático, Tarea Vida y retos ambientales

El porcentaje de contribución de Cuba a las emisiones globales de CO2 es de 0.1%. Según datos oficiales, las emisiones agregadas brutas per cápita en 2016 alcanzaron 4.48 t CO2 equivalentes por habitante, y las netas fueron de 2.06 t CO2 eq/hab.

Los países tienen dos contabilidades: las emisiones brutas, el total, y las netas, que toman en cuenta la acción de los bosques como sumideros de carbono, al sustraer CO2 de la atmósfera.

Las cifras son similares a las ofrecidas por fuentes como el Banco Mundial, que muestran, por ejemplo (según registros de 2016), a países como Australia, Canadá, Luxemburgo y Estados Unidos con registros de entre 15 y 16, y a otros por encima como Arabia Saudita (17.4), Emiratos Árabes Unidos (22), Bahréin (22.2), Brunéi (22.2), Kuwait (25) y Catar (38.9). El BM, en los datos correspondientes a 2016, sitúa la media mundial en 4.6 y la de América Latina y el Caribe en 2.9.

Dos toneladas al año es un número bajo” −comenta Orlando Rey, especialista en política ambiental y asesor de cambio climático en el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma).

“Hay que verlo en lo relativo. La meta de Cuba es reducir sus emisiones respecto a lo que hubieran crecido en ausencia de medidas de mitigación del cambio climático. Para resolver temas como las viviendas que se necesitan, la industria que hay que reactivar, otras actividades económicas, etc., puede ser inevitable un crecimiento en las emisiones.

“De hecho, las emisiones de Cuba nunca han vuelto a los niveles anteriores al Periodo especial, cuando hubo un declive muy pronunciado. Y en los últimos meses, como ha sucedido en muchos países y a nivel global, ha habido un descenso en las emisiones producto de la caída en la actividad económica. Pero el objetivo no puede ser reducir emisiones a costa del desarrollo económico y social necesario, visto principalmente desde la óptica y las necesidades de los países del Tercer Mundo.

“Cuba tiene una serie de compromisos, pero el que está elaborando a futuro, y es algo válido internacionalmente, apunta a definir cuánto reduciría sus emisiones respecto a un escenario sin cambios, en el que el país no hiciera nada −desde el punto de vista de su matriz energética, en la introducción de tecnologías más eficientes y limpias, en la implementación de medidas de uso racional de la energía− para controlar y contener, reducir sus emisiones”.

En Cuba, las primeras acciones de gobierno para el cambio climático datan de 2007. Luego, en 2017, como respuesta a las metas nacionales y los compromisos internacionales adoptados por el país, fue adoptado el Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático, conocido como Tarea Vida.

“La Tarea Vida se concibió para el cambio climático; después, se han agregado otras cuestiones ambientales. Es, en buena medida, adaptación, porque con el poco aporte de Cuba a las emisiones globales, para este país lo principal es cómo adaptarse a un clima cambiante. Un país que está en la zona de tránsito de los huracanes y que, como territorio insular, tiene otras vulnerabilidades frente al cambio climático.

“Lo que Cuba haga como mitigación no será de impacto mundial, como lo que podrían hacer Estados Unidos, China o la Unión Europea, que sí tienen contribuciones de peso a las emisiones globales. Sin embargo, el país tiene compromisos, al igual que todos los firmantes de instrumentos como el Acuerdo de París.

“Y muchas de estas medidas de mitigación son ganar-ganar, lo mismo con el transporte eléctrico que con los residuales porcinos: en su descomposición generan metano, uno de los gases más poderosos de efecto invernadero. Cuando usted instala un sistema de biogás, captura el gas, está resolviendo un problema ambiental (contaminación, higiene...), uno climático (está mitigando emisiones), uno energético (aporta energía a la granja o finca, pero también a hogares, incluso hay ya en Cuba beneficio de instalaciones sociales y proyectos de transporte), y mejora la calidad de vida de muchas personas. Hay una cadena de beneficios”, explica el experto.

En la matriz de emisiones de Cuba, el mayor porcentaje (más del 70%) corresponde a la energía; luego se ubica el cambio de uso de la tierra y bosques, la agricultura, que junto con energía suma cerca del 90%, y el resto se atribuye a la industria (no la generación de energía en la industria, sino de sustancias que tienen potencial de calentamiento) y desechos.

El asesor del Citma afirma que, en ese contexto, el grueso de las medidas a adoptar debe estar en energía y cambio de uso de tierra y bosques, agricultura. En energía hay dos líneas principales: energía renovable y eficiencia energética.

En cuanto a la matriz energética, la meta oficial de Cuba apunta a que hacia 2030 las fuentes renovables de energía (FRE) participen con un aporte de entre 24% y hasta 37% −según estimaciones recientes− en la generación de electricidad, que hoy depende en 95% de combustible fósil.

Son metas ambiciosas y se trabaja en ellas, pero Rey precisa que solo para lograr el estimado más bajo (24%) se requieren inversiones en el orden de los 5 000 millones de dólares. “Es costoso, pero es la vía”, subraya.

“La otra línea, la eficiencia energética, tiene que ver con el uso de equipos más eficientes. A veces, cosas tan sencillas como regulaciones para la importación de equipos con determinados estándares de eficiencia; el reemplazo de todos los bombillos por luminarias LED... Muchas de esas tecnologías eficientes y más limpias tienen costos de entrada más altos, pero luego se amortizan. Se necesita una inversión para introducirlas y expandirlas.

“Eso sí, muchas de esas medidas son −repito− ganar-ganar. Por ejemplo, si se puede resolver el problema del transporte con vehículos eléctricos, se resuelve un problema de contaminación ambiental y se mejoran las condiciones de vida de la gente aumentando las posibilidades de transporte.

Aún habría que cerrar ciclo: la mayor parte de ese transporte carga electricidad en la red que genera consumiendo combustible fósil. Son mucho más eficientes que un carro a diésel, pero hay que lograr que la recarga del vehículo eléctrico funcione mediante energía producida con la solar u otra renovable, buscando cero emisiones.

“Un problema en el que hay que ir pensando, y lo introdujimos en la política de vehículos eléctricos, es el reciclaje de las baterías. El vehículo eléctrico es menos complejo técnicamente que el vehículo a combustión, pero el reciclaje es más complicado, por algunos componentes”.

Entre los planes de Cuba está contar con 55 000 vehículos eléctricos hacia 2030, reduciendo en 50% las emisiones del transporte, con base en la actual flota.

“En el turismo, por ejemplo, eso significa promover y vender un turismo más limpio, bajo en emisiones, amigable con el medioambiente... El país agrega ese valor a su imagen como destino”, señala Rey.

“Esto pasa por las cuentas entre el gasto de hoy y la recuperación de mañana. Cambia por día, pero aún el auto eléctrico como unidad es más caro que el basado en combustión interna. Y está la cuestión de la recarga, y la infraestructura para ello. Pero todo ese costo se recupera a partir del ahorro de combustible fósil. Y, por ejemplo, si tengo una moto eléctrica y logro instalar un sistema de paneles solares en mi casa, la recarga tendría como fuente la energía solar. Igual, en una terminal o zona de parqueo es más fácil establecer el sistema de recarga y puede haber más área para instalar paneles. Algo que fue un problema al principio, la autonomía de las baterías, ha ido en aumento. Hay baterías con cientos de kilómetros de autonomía.

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¿Cuáles son los principales retos que tiene Cuba hoy en términos medioambientales?

−La respuesta puede estar en dependencia del especialista a quien le preguntes. Los principales problemas medioambientales de Cuba están relacionados con el estado de los recursos naturales, el suelo y el agua, sobre todo. En los bosques hay una tendencia más positiva.

“Los suelos de Cuba, contra lo que normalmente está en el entendido común, son en su mayor parte poco productivos. A eso se han sumado siglos de uso inadecuado, de extensión de la industria azucarera y monocultivo, de deforestación del bosque que protegía los suelos, que constriñó el bosque cubano prácticamente a los macizos montañosos, donde no se podía sembrar caña, y a unas pocas zonas remotas.

“Hay varios indicadores, degradado, compactado, salinizado, erosionado... Algunos suelos tienen varios de esos factores a la vez. En Cuba, solo alrededor del 35% del suelo es cultivable. Cuando eso se pone en la balanza, frente a una necesidad creciente de producción agrícola (por la necesidad de revertir la balanza agraria, dada la fuerte carga que impone las importaciones de alimentos por más de 2 000 millones de dólares anuales), hay que buscar la forma de hacerlo afrontando ese reto, con esa disponibilidad de suelos de mayor calidad y fertilidad. Eso sin negar que cualquier suelo puede ser cultivado, hay quienes hacen magia en suelos poco productivos... Y hay tipos de cultivos para determinados suelos.

“El otro tema es el agua, y aquí entra el cambio climático. La única fuente de agua aquí es la lluvia. De acuerdo con evaluaciones, tenemos hoy menor disponibilidad de agua que años atrás. Las investigaciones y registros del clima indican que va cambiando el régimen de precipitaciones, y es más complejo que decir que hay menos, porque a veces está lloviendo más en el periodo seco y menos en el lluvioso, o hay diferencias geográficamente. El balance nacional es de menos lluvia, menos agua.

“Y paralelamente, está el ascenso del nivel medio del mar en las zonas costeras, y como buena parte del territorio cubano es cársico, ello implica que acuíferos subterráneos se salinizan, lo que se une en ocasiones a la mala gestión.

“Los escenarios climáticos indican que, en el transcurso de este siglo, podemos tener hasta un 30% de agua menos. Tendríamos que manejarnos con las dos terceras partes del agua con que lo hacemos hoy. Es complicado, aunque no quiere decir que no se pueda vivir así. Muchos países viven así hoy, o con menos. Lo que quiere decir eso es que hay que gestionar mejor”.

“Muchas veces enfocamos los fenómenos desde la crisis, pero no de las soluciones. Algo por lo que están abogando mucho nuestros técnicos es por la cosecha de agua. En su propia casa, usted captura el agua de la lluvia; incluso, para esto hay soluciones ingenieras, con dos sistemas: uno para servicios sanitarios, fregado y otros usos, y otro para agua potable. O pueden alternarse el que se basa en la red pública y el de captura de lluvia. Hay países con regulaciones donde los techos de determinadas dimensiones tienen que incluir un sistema de captura de lluvia. Y también en hoteles, en fincas para riego...

“Muchas cosas se pueden hacer, pero muchas veces tendemos a hacer un relato apocalíptico de lo que está pasando. Yo, individualmente, no tengo manera de evitar que ascienda el nivel del mar o se eleven las temperaturas, pero puedo hacer otras cosas”.

Hay otros frentes en el país, además de suelo y agua...

−Agua y suelo concentran buena parte de la problemática ambiental de Cuba. Hay otros temas, como el de la pérdida de biodiversidad, la contaminación (más presente en el agua, sobre todo en agua industrial, cuando no hay tratamientos o son deficientes; la atmosférica no alcanza los niveles de otros países, y tiene una concentración más bien local, relacionada con escenarios urbanos como La Habana o áreas industriales) y los desechos sólidos.

En este último tema, nuestros sistemas tienen mucho por avanzar todavía, ir hacia donde está yendo el mundo. Y no es por imitar, porque esté de moda, es porque se está botando dinero. Muchos países y ciudades no se han movido hacia el sistema de clasificación y separación de desechos solo por política o conciencia medioambiental; no es un sacrificio, como no lo es el auto eléctrico. Hay una lógica económica detrás, un incentivo. Y muchos pequeños negocios y grandes empresas detectan esas oportunidades y emprenden.

“Como sucede a nivel global, el clima de Cuba está cambiando, y ese cambio implica que todo lo que uno hace va a variar, incluidos los estilos de vida. ¿Cómo se manejan los impactos climáticos en una población que va envejeciendo, que tiene, como ha mostrado la pandemia, una serie de enfermedades de base? Los efectos, el aumento de la temperatura, los cambios en los patrones climáticos y de agua, afectan los patrones de comportamiento de las enfermedades, de los vectores.

“En Cuba la temperatura media ha aumentado alrededor de 1°C, algo consistente con lo que ocurre a nivel mundial, pero, a la vez, ha disminuido la variabilidad diaria: el cambio, la diferencia de temperaturas a lo largo del día, entre más frescas y más cálidas, que es importante no solo para las personas, sino en la agricultura. Nosotros hemos estado pensando, incluso, en cómo cambiaría la práctica deportiva: vestimenta, hidratación, horario de eventos o entrenamiento, instalaciones... Tanto para deportistas como para quienes se ejercitan por las calles a diario”.

Nivel del mar y zonas costeras

Obra de protección costera en malecón de Baracoa . Foto: Yamilka Álvarez Ramos / ACN.

Según la Tercera Comunicación Nacional sobre Cambio Climático (2020), las proyecciones del aumento del nivel mar realizadas en la primera década del siglo XXI mostraron un ascenso de 27 cm hacia 2050 y de 85 cm hacia 2100. Tales proyecciones se actualizaron para el período 2030-2100, con valores de 29.3 y 95.0 cm para 2050 y 2100.

Sobre este tema también preguntamos a Orlando Rey, especialista en política ambiental y asesor de cambio climático en el Citma.

¿En este contexto, hay previsiones en términos de reasentamientos, regulaciones en cuanto a desarrollos o inversiones en ciertas zonas del país?

−Existen planes para todos los asentamientos que están, digamos, en la primera línea de vulnerabilidad −números que se ajustan de acuerdo con nuevos estudios y datos−, que son unos 35 priorizados por la Tarea Vida. Una cuestión importante, y en la que hemos ido variando el pensamiento, es que no en todos los casos se hará una reubicación, solo cuando sea inevitable.

“Las reubicaciones son eventos muy traumáticos que muchas veces generan rechazo lógico en la población. En la costa no hay una sola población: hay gente que ha llegado allí y ha levantado construcciones muy precarias, para vivir, para pescar, pero hay comunidades tradicionalmente costeras, que han vivido ahí por generaciones. Para estas últimas, especialmente, los de reubicación son procesos muy traumáticos.

“Entonces, lo primero es buscar reconstruir la línea costera. Si a través de la mejora de los ecosistemas naturales (adaptación basada en ecosistemas) se logra recuperar la eficiencia en el funcionamiento de la barrera de coral, de la vegetación en la costa, incluido el manglar, y de las playas, no solo como lugar de recreación, sino de amortización de la energía del oleaje, se puede, si no perpetuar, al menos extender el tiempo de permanencia de esas comunidades allí.

“Hay algo que se practica en el Caribe, se hace un reacomodo: no se mueve a toda la población, sino que se libera un área determinada de la zona costera y ahí se emprenden acciones de recuperación sin afectar toda la población. Se aleja un poco la comunidad, pero sigue siendo costera. Hay que tomar en cuenta el modo de vida, no solo cómo viven y la cultura, lo que da sentido a su vida, sino las instalaciones creadas −escuelas, servicios médicos y otros, viales, infraestructura del agua, gestión de los desechos... Todo muy costoso.

“Esa es la estrategia. Estudiar esas comunidades. Donde sea posible, partir de las soluciones naturales, mejorando el ecosistema y recuperando su funcionalidad, lo que, además, proporciona otros beneficios, porque donde usted recupera un manglar se favorece la biodiversidad al servir de refugio a muchas especies, e incluso se pueden desarrollar actividades que aportan recursos a las propias comunidades, como la apicultura.

En casos más comprometidos, se trata entonces de reubicar parte de la comunidad que está amenazada, y en otros quizás sí sea inevitable mover las viviendas y alejarlas de la costa.

“En cuanto a la actividad económica, cada organismo ha ido haciendo un inventario de lo que tiene en la costa, y se ha analizado la pertinencia de que continúe o no allí. Pero hay actividades que son costero-dependientes. Por muy vulnerable que sea una zona, y por mucho que se refuerce el cambio climático, hay instalaciones portuarias, combinados pesqueros, que no pueden separarse de ese entorno.

También está el tema de las modalidades constructivas. Muchas veces no se trata de supertecnologías nuevas, sino de recuperar prácticas anteriores que se perdieron, como construir sobre pilotes, elevar esas casas, orientarlas respecto a los vientos. Muchas de las modalidades con que se construyó aquí en siglos anteriores son medidas de adaptación: puntales altos, patios interiores, sistemas de captura de agua de lluvia por canales en los techos, recursos para atenuar la luz solar o favorecer la entrada de la brisa.

Cambio de mentalidad

Andar La Habana en bicicleta, una forma de ganar independencia en el transporte. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Uno de tantos efectos negativos de la pandemia ha sido que muchos en el mundo han dejado el transporte público y regresado al auto, precisamente cuando las tendencias modernas apuntan al desarrollo de sistemas de transporte público eficientes, menos autos y soluciones multimodales de movilidad urbana, además de amplias zonas peatonales en las ciudades.

En Cuba, luego del uso masivo en la década de 1990, prácticamente abandonamos la bicicleta. No solo se perdieron infraestructuras de servicios (desde parqueos hasta poncheras y talleres) y las incipientes ciclovías, sino que se redujo drásticamente la disponibilidad de piezas e incluso la oferta de bicicletas.

“Algunos las llegaron a estigmatizar”, comenta Rey, aludiendo a que hay quienes las ven como símbolo de pobreza y recuerdo de los malos tiempos.

Hoy hay algunos proyectos de uso colectivo como parte de sistemas multimodales de movilidad, en La Habana, y emprendimientos de carácter privado, de alquiler, como los que existen en todo el mundo. Se ve a más ciclistas en las vías −junto con el auge de motos y bicicletas eléctricas−, quizá como medida de prevención para evitar el contagio con la covid y ganar independencia del transporte público.

Pero nunca se ha recuperado un uso masivo, regular, normal, de ese medio de transporte, que en muchas ciudades del planeta no es precisamente expresión de pobreza, sino decisión personal y en muchos casos informada medioambientalmente.

“Hoy, en el mundo, más del 80% de le energía sigue siendo de origen fósil, y no hay prácticamente, con el nivel de tecnología actual, capacidad de reemplazar eso con, por ejemplo, la solar. También tiene un costo: los paneles y otras estructuras se producen en fábricas que consumen directa o indirectamente energía fósil; luego, están las cuestiones de emplazamiento...

“Todo eso está avanzando vertiginosamente en cuanto a la tecnología: paneles más eficientes, techos convertidos en paneles, sistemas flexibles... Pero, en términos prácticos, lo que usted hace con el combustible fósil es más económico, instalas una central, tienes el combustible y la energía se está generando y hace andar la ciudad. Con las otras tecnologías es más complejo. Es, será un proceso paulatino”, afirma Orlando Rey.

En todos los frentes de la vida humana, y hoy no hay un solo frente que no esté relacionado con lo medioambiental (en los últimos casi 18 meses, la pandemia de covid trajo, en medio de todos sus impactos, reflexiones sobre nuestra relación con la naturaleza), se requiere un cambio moral.

Para el asesor del Citma, parte del problema es la lógica del capitalismo. “Y no es retórica, porque el esquema económico implica un consumo constante y escalado; se producen cosas que duran menos, que se agotan antes. Es una lógica muy perversa desde el punto de vista de consumo de los recursos. Y se crean en la persona, el consumidor, permanentes necesidades insatisfechas, que aniquilan cualquier esfuerzo tecnológico o ambiental.

“Hay un economista de fines del siglo XIX, William Stanley Jevons, que planteó lo que se conoce como ‘paradoja de Jevons’, que básicamente implicaba que cualquier mejora tecnológica, que contribuyera a la eficiencia energética, terminaba aumentando el consumo. Lo vemos hoy: cualquier equipo que tengamos es mucho más eficiente que hace 30 años, pero en lugar de tener un televisor, en los hogares hay dos o tres o más; usted tiene un móvil, y quizá dos, y además laptop, computadora de mesa, tableta, Ipad o una larga lista de dispositivos... Cualquier mejora en la eficiencia es ensombrecida por el aumento del consumo.

“El modelo que funda el triunfo personal en tener más, en la acumulación de cosas, es la principal barrera. ¿Cómo detener esa máquina?”.

En el caso de Cuba, muchas cosas podrían hacerse mejor a partir del cambio de mentalidad, sin implicar grandes inversiones.

“La recogida de desechos, por ejemplo. Llegamos a tener en la ciudad algunas prácticas en las que se separaba, y se probó que el sistema se pagaba a sí mismo. Eso se puede hacer, pero requiere tal vez diversificar los sujetos económicos que intervienen, como en otras áreas, como las de servicios de alquiler de bicicletas o el arbolado urbano (cuidado, asesorías, servicios especializados, viveros...).

“Hay cooperativas que se han dedicado a recuperar plástico y hacer muebles de plástico; eso se puede impulsar mucho más. Para muchos es más fácil botar la botella de plástico en la basura cuando van por la calle o están en sus casas, pero si hubiera puntos de recolección o de compra, como hay en muchos países, podría ser diferente: y eso existe porque es un negocio, no primariamente porque haya una conciencia estrictamente ambiental, aunque esta se incorpora a la lógica económica. Se cierran ciclos.

“Muchas cosas pueden realizarse apelando a mecanismos económicos, que las personas perciban un beneficio inmediato, sin que esto deshumanice la cuestión o les haga perder de vista el beneficio medioambiental que implican esas prácticas. Pero puede arrancarse por el interés y la economía de las personas. ¿Cómo voy a botar la botella plástica a la basura si todas las semanas pasa uno por la cuadra comprando, o por donde voy caminando hay puntos para venderla, o botarla en un contenedor para plástico?

“El desecho se convierte en negocio, y en valor económico, y hay un grupo de gente que lo gestiona... El beneficio es también medioambiental. Solo deben seguir las regulaciones ambientales, sanitarias, laborales, entre otras.

“Son muchas posibilidades, que tienen que ver con involucrar a más personas en los procesos y a más actores económicos, con buscar soluciones complementarias, introducir instrumentos económicos de incentivo, porque también así, además de los económico, impulsamos algo tan vital hoy como la conciencia y la gestión medioambiental”.



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