El final del pasado siglo se caracterizó por grandes contrastes, retos y desafíos, entre ellos la producción, acceso y distribución de alimentos. Los países ricos tienen consumos per cápita elevados que provocan en su población serios problemas de salud, uno de ellos el sobrepeso que afecta el 61% de la población de los Estados Unidos, el 51% de la del Reino Unido y el 50% de los alemanes. En Estados Unidos mueren prematuramente como promedio anual 300 000 personas por exceso de peso.
En contraste en el mundo en desarrollo 799 millones de personas están subnutridas. Seis millones de niños menores de cinco años, mueren cada año como consecuencia del hambre. En los países donde el hambre es más frecuente, uno de cada siete niños nacidos morirá antes de cumplir los cinco años y el hambre crónica contribuye al 60% de las muertes infantiles (FAO, 2002).
Los países desarrollados con el 23% de la población mundial, consumen 3-4 veces más carne y pescado y 6 veces más productos lácteos que los países en desarrollo, donde vive el 77% de la población. Las diferencias en los consumos per cápita de calorías y proteínas son abismales entre los países desarrollados y los del tercer mundo (Shah y Strong, 2000).